Ahí estaba con su humanidad en la cama, un número ya incierto de días. Insomne veía a esa cucaracha que trepaba por la pared; habría jurado que la vio sonreír. Se la veía sana y libre; ¡QUÉ INJUSTO!, vociferó desde su cama. Insecto insignificante, sin inteligencia, sin conciencia social, sin orgullo ciudadano. Guardó silencio, se detuvo a pensarlo; cerrando los ojos murmuró entre dientes, ahí estuvo siempre, nuestro problema.

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